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7 de julio de 2009

Verdad o Atrevimiento de Kimberly Raye

Capítulo 5
—Te deseo —repitió Laney, sorprendida por la facilidad con la que aquellas palabras salían de sus labios a pesar de que llevaba toda la vida negándoselas.
Segundos antes estaba aterrorizada, a punto de cambiar de opinión. Pero en cuanto Dallas le había abierto la puerta llevando únicamente encima los vaqueros, el miedo se había difuminado ante el repentino anhelo que la embargaba.
—¿Estás segura de que es esto lo que quieres?
—Siempre y cuando los dos estemos de acuerdo en lo que es «esto» realmente. No quiero que ninguno de nosotros se cree falsas expectativas. No estoy buscando ni un novio ni un final feliz —lo único que Laney esperaba de Dallas era una noche de pasión inolvidable—, y sospecho que tú tampoco estás buscando una esposa, de modo que esto es perfecto para los dos.
—¿Y «esto» qué es exactamente?
—Sexo —intentó sonar lo más fría posible, pero su voz se convirtió en un ronco susurro totalmente sentimental—. Sexo —volvió a decir con voz más alta y clara en aquella ocasión—. Puro y sin complicaciones.
—Eso es hablar claro, cariño —repuso Dallas, mientras alargaba el brazo hacia ella.
Sus cuerpos se fundieron y Laney pudo sentir la dura prueba del deseo de Dallas segundos antes de que la besara.
—Y esto —dijo Dallas cuando por fin se detuvo para tomar aire—, es sexo puro y sin complicaciones.
«Oh» fue lo único que Laney consiguió decir antes de que volviera a besarla. Más lenta y profundamente en aquella ocasión, como si hubiera gastado toda su agresividad en el primer beso.
Aquel fue un beso que buscaba únicamente su excitación y todas las terminales nerviosas de Laney fueron sensibles a él.
Dallas dibujó su labio inferior con la punta de la lengua antes de succionar y mordisquear suavemente su boca. La sensación, de placer y dolor, encendió espirales de deseo por todo el cuerpo de Laney. Su vientre se estremecía, sus pezones cosquilleaban, las rodillas le temblaban.
Entreabrió los labios y Dallas hundió la lengua en su interior para acariciar todos los rincones de su boca, para saborearla y embriagarla con su sabor. Con su olor.
Recorrió su espalda con manos ávidas que detuvo sobre su trasero. Cuando se dio cuenta de que no llevaba ropa interior, gimió. Aquel sonido, tan ronco y viril, vibró en la boca de Laney, dando un nuevo impulso a los latidos de su corazón.
Dallas deslizó los dedos por debajo del dobladillo de la falda, amontonando la tela hasta que sus dedos se encontraron con la piel desnuda de Laney.
—Eres tan suave —musitó cuando por fin interrumpió el beso para tomar aire—. Tan suave… Y estás tan húmeda —añadió cuando posó la mano entre sus piernas.
Se oyó en la distancia el sonido de un coche.
—Dime lo que quieres.
—A ti.
—¿Ahora? ¿Aquí? ¿Dónde cualquiera puede vernos?
—Sí —lo deseaba y de pronto nada más importaba—. Por favor.
Ante aquella súplica, Dallas obedeció inmediatamente. Deslizó un dedo en el interior de Laney. Aquella dulce presión eliminó todas las posibles dudas de Laney. Su corazón latía vertiginosamente, la visión se le nublaba y se olvidó incluso del haz de luces que se acercaba.
Laney alzó la pierna para rodear la cintura de Dallas, permitiéndole al mismo tiempo un acceso más profundo a su interior. Dallas deslizó un segundo dedo y ella se movió para incrementar la sensación de contacto. La presión aumentaba hasta límites insoportables. Laney entreabrió los labios y un extraño gemido escapó de su boca mientras sentía que el mundo explotaba a su alrededor.
Se arqueó, aferrándose a sus hombros. Mientras el éxtasis se derramaba sobre ella tenía la sensación de que habría terminado deshaciéndose si Dallas no hubiera estado sujetándola.
Abrió los ojos y lo descubrió mirándola con expresión intensa. Laney lo miró a los ojos, haciendo todo lo posible por comprender lo que había pasado.
Un orgasmo. Pero no había sido un orgasmo cualquiera. Aquel había sido diferente. Más excitante. Más intenso. Diferente.
Un haz de luces iluminó la noche. La vista de un nuevo vehículo arrancó a Laney de sus locos pensamientos. Fue entonces consciente de su comprometida postura y experimentó una intensa vergüenza que desapareció en cuanto Dallas la levantó en brazos para llevarla al interior de la casa.
A los pocos segundos, Laney se descubrió a sí misma en una enorme habitación dominada por una impresionante cama.
—Qué habitación tan grande —comentó.
—Me gustan las casas espaciosas.
—O eso, o es que piensas tener familia numerosa algún día.
—Sí, supongo que algún día.
—¿Algún día cercano? —en realidad no le importaba. Solo quería asegurarse de que no iba a hacer sufrir a nadie por lo que estaba a punto de hacer.
—Ahora mismo no hay nadie en mi vida —respondió Dallas, como si le hubiera leído el pensamiento—. Solo tú.
La puso lentamente de pie, deslizándola a lo largo de su cuerpo y permitiendo que sintiera cada uno de sus músculos, incluyendo el duro bulto que estiraba sus pantalones.
Dallas se sentó en el borde de la cama y señaló la blusa de Laney.
—Quítatela.
Laney sacudió la cabeza.
—Ahora me toca a mí —tiró de él para que se levantara y acarició la apertura de los vaqueros antes de sentarse en la cama—. Y quiero saber lo que sientes. Dímelo.
Dallas no dijo nada durante largo rato, pero después entreabrió los labios y musitó una única palabra que reavivó el deseo de Laney.
—Calor.
—Demuéstramelo.
—Pero si esta es tu fantasía.
Hubo algo en aquella respuesta que a Laney le resultó incómodo, pero entonces reparó en la cremallera parcialmente abierta de Dallas, el corazón le dejó de latir y se olvidó de todo lo demás.
Los dientes de la cremallera terminaron de abrirse. Dallas la miraba fijamente a los ojos mientras se bajaba los vaqueros y los calzoncillos y permanecía frente a ella bellamente desnudo y completamente excitado.
Aunque Laney no se consideraba ninguna experta en hombres desnudos, sabía sin lugar a dudas que Dallas era un ejemplar perfecto. Completamente masculino. Alto, poderoso, viril. Un vello oscuro cubría sus musculosas piernas, sus pezones oscuros y su ancho pecho. Una delgada línea de pelo descendía por su pecho hasta llegar a los rizos que rodeaban una erección tan firme que parecía estar gritando que la tocaran.
Laney no podía menos que obedecer. Dallas la había llevado hasta el límite y ella quería hacerle lo mismo a él. Quería acariciarlo.
Cayó de rodillas frente a Dallas y tomó su miembro para acariciarlo con las manos, la boca y la lengua.
—Para —gimió Dallas al cabo de unos segundos, la hizo levantarse y la estrechó contra su pecho—. Quiero estar dentro de ti. Necesito estar dentro de ti. Ahora.
El ritmo de sus caricias en el porche había sido lento y controlado y Laney jadeó satisfecha ante aquel cambio frenético. Le gustaba. Le gustaba sentir la desesperación en sus ojos ardientes, detectarla en su voz, percibirla en la urgencia con la que la llevaba hasta la cama. Una vez allí, se puso un preservativo en un tiempo límite antes de cernirse sobre ella. Estaba impaciente y fuera de control, como si hubiera soñado muchas veces con aquel momento, de la misma forma que Laney había fantaseado durante tantos años con él.
«Como si», se recordó Laney. Dallas era un hombre apasionado porque tenía mucha experiencia. Indudablemente había hecho aquello muchas veces y con diferentes mujeres. Para él no había nada especial en aquel momento. Ella podría haber sido cualquier mujer.
Laney se decía todo eso, pero en realidad no podía creerlo. No cuando Dallas la miraba profundamente a los ojos y veía el fuego que brillaba en su interior.
Con una confiada embestida, Dallas se hundió en ella y Laney se olvidó de todo, salvo del intenso placer que la envolvía.
Engarzó la cintura de Dallas con las piernas y se elevó para que Dallas la penetrara más profundamente. Se movió con él, lentamente al principio. La presión aumentaba y Dallas se hundía cada vez más rápido, con más fuerza, hasta que Laney ya no fue capaz de soportarlo más. El orgasmo fue como una ola gigante, la arrastró, robó el oxígeno de sus pulmones e hizo que el corazón dejara de latirle.
Dallas la siguió rápidamente. Se hundió en ella una vez más, sus músculos se tensaron y un tenso gemido retumbó en su pecho.
Cualquier mujer, se recordó Laney mientras Dallas se derrumbaba en sus brazos. Cualquier mujer, se repitió.
Pero entonces Dallas posó los labios en su frente con un delicado y cariñoso beso y susurró:
—Eres todo lo que siempre he soñado.
Y entonces Laney Merriweather comprendió que acababa de cometer el mayor error de su vida: no solo se había acostado con Dallas Jericho, se había enamorado de él.


Dallas fijó la mirada en Laney, observando cómo se elevaban y descendían sus senos al ritmo de su respiración. Por fin, después de tantos años lo sabía. Había pasado muchas noches sin dormir, preguntándose lo que habría sentido si hubiera podido completar su encuentro amoroso, si hubiera podido hundirse dentro de ella. Si hubiera podido poseerla.
Pero al final había sido él el único poseído. Se había acostado con ella, pero quería más. No solo quería estar dentro de su cuerpo. Quería estar también en su cabeza, en su corazón.
Y ella solo quería pasar una noche con él. O al menos eso era lo que Dallas pensaba hasta que la vio bajar los pies de la cama.
—¿Adónde vas?
—Es tarde…Tengo que irme.
—Es pronto, preciosa y lo único que tienes que hacer…
El estruendo del sistema de alarma interrumpió sus palabras. Laney se vistió rápidamente mientras Dallas soltaba un juramento y buscaba sus pantalones.
—Soy yo —se oyó una voz de mujer.
—Espera —le gritó Dallas—. Ahora mismo voy.
—Lo siento —la voz se oía cada vez más cerca—. Tienes que dejar de cambiar el código, ¿cómo crees que una mujer puede recordar…? Oh, Dios mío.
Laney se agarró el borde de la blusa justo en el momento en el que Eula apareció en el marco de la puerta.
La mujer vio a Laney y se puso roja como la grana.
—Lo siento…Yo no… No sabía que estaba aquí. Quiero decir, Dallas nunca… Me voy.
—No suelo traer mujeres a casa —le explicó Dallas a Laney cuando Eula se marchó—. Tú eres la primera. Por eso Eula estaba tan asustada.
La primera. Y la última. Laney se obligó a apartar aquel pensamiento de su mente. Ella no era la última. No quería serlo. Lo único que quería era marcharse de allí antes de ceder a la urgencia de acurrucarse bajo las sábanas y quedarse para siempre.
—De verdad tengo que irme.
—Espera, tenemos que hablar —el largo sonido de su teléfono móvil interrumpió sus palabras.
—No hay nada de lo que hablar. Esto ya se ha acabado.
—Yo creo que solo está empezando… —el teléfono móvil volvió a sonar, soltó una maldición y lo descolgó—. Espera —volvió a decir—. Jericho —ladró al teléfono.
—No puedo —Laney empezó a levantarse y Dallas la agarró del brazo.
—Tenemos que hablar —continuó diciendo—. No, nosotros no —le dijo al teléfono. Ya hemos hablado y le digo que las baldosas amarillas ya están puestas. Una habitación más y… —se interrumpió, su expresión se endureció y Laney supo inmediatamente quién estaba al otro lado de la línea—. ¿Color cereza? Pero si estamos a punto de terminar, señor Dixon —su rostro iba ensombreciéndose por momentos—. No, no estoy diciendo que no quiera hacerlo, sino que no es práctico. Y ya hemos cambiado de color cuatro veces —otro momento de tenso silencio y asintió—. De acuerdo, dejaremos de poner las baldosas amarillas y pondremos las de color cereza. ¿Puede darme el número de catálogo? —sacó del cajón de la mesilla de noche un papel, lo desdobló y empezó a escribir—. Ya lo tengo. No, no es ningún problema. Usted es el cliente.
Pulsó el botón del teléfono y arrojó el papel a la cama con un juramento. Después se volvió nuevamente hacia Laney.
—Tenemos que hablar. Quiero que sepas…
Enmudeció al ver que Laney tenía los ojos fijos en el papel. Un papel del que acababa de reconocer el color, el monograma y la caligrafía. Era su propia letra.
Miró a Dallas con dureza mientras se apoderaba del papel.
—¿De dónde has sacado esto?
—Del bar de Eden. Necesitaba algo sobre lo que escribir y estaba en un cenicero —la miró con atención—. Estás enfadada, ¿verdad?
Pero eso fue lo sorprendente. No estaba enfadada. Estaba enamorada. Enamorada.
Tiró el papel a la cama.
—Tengo que salir de aquí —tenía que alejarse de él, de su olor, de sus caricias y de la penetrante luz de sus ojos.
—No, no vas a ir a ninguna parte.
—Sí, me voy —se desasió de su brazo y comenzó a caminar hacia la puerta.
—¿Cuándo vas a dejar de preocuparte de lo que piense la gente?
—Mira quién habla. Estás tan preocupado por lo que puedan pensar los demás que te estás tragando todos los cambios de opinión de Claude Dixon.
—Eso es diferente. Es una cuestión de negocios.
—¿Ah sí?
Concentró su atención en Dallas para no fijarse en el hueco que sentía en el estómago y que le decía que si se alejaba de aquel hombre estaría cometiendo el mayor error de su vida. Lo amaba, y eso era lo único que importaba.
O al menos eso sería lo único que importaría si ella no fuera una Merriweather y él no fuera un Jericho.
—¿Sabes lo que creo? —le preguntó, concentrándose en su enfado—. Creo que te has pasado los últimos diez años machacándote para que todo el mundo cambiara la opinión que tiene sobre ti. Y tienes miedo de que, si le dices a Claude que renuncias al trabajo, le diga a todo el mundo que en realidad no has cambiado.
—¿Es que te has vuelto loca? Claro que he cambiado. No soy ningún irresponsable.
—Es cierto, pero en realidad nunca lo has sido. Un irresponsable no le habría llevado todas las tardes manzanas a la señora Carmichael, ni habría ayudado a la señora Walters a llevar las bolsas de la compra. Todo lo que hacías demostraba que eras un niño bueno y decente que quería gustarle a todo el mundo.
—A mí nunca me importó lo más…
—Puedes negarlo todo lo que quieras, pero claro que te importaba. Lo vi en tus ojos el día que me negué a ir al baile contigo. Te hice daño, pero tú lo disimulaste representando el papel de odioso matón. Pero después dejaste de ocultarte y dejaste que todo el mundo viera cómo eras realmente, y la gente te respeta.
—Algunos, pero en realidad no me interesa que me respeten los demás. La que me interesa eres tú. Tú eres lo único que me ha importado desde la primera vez que me sonreíste con la boca llena de sandwich de mayonesa.
Laney revivió aquel recuerdo, pero estaba decidida a mantener la conversación centrada en él.
—La gente de Cadillac te ha aceptado y lo sabes, y ahora tienes miedo de perder su respeto mandando a Claude Dixon al infierno. Y estás cediendo para complacerlo.
—¿De la misma forma que tú estás cediendo para complacer a tu padre?
—Se lo debo. Él nunca me ha tratado como si fuera adoptada. Me quiere como si fuera su propia hija.
—Y por eso intentas comportarte de manera que nada pueda recordarle que no eres sangre de su sangre.
Eso era exactamente lo que había hecho durante todos esos años, pero se avergonzaba al oírlo.
—¿Sabes, Laney? Me he pasado la vida intentando olvidar quién era mi padre. Y la cuestión es que en realidad no importa quién era él, o lo que hacía, o si tenía o no dinero —Laney sacudió la cabeza. Había estado luchando contra su pasado durante tanto tiempo que le resultaba imposible admitir la verdad—, lo único que importa es quién soy ahora. Y soy el hombre que está enamorado de ti. El hombre que siempre ha estado enamorado de ti.
Aquella confesión provocó un estallido de júbilo en el interior de Laney más intenso que todo lo que había sentido hasta entonces. Quería reír, llorar, arrojarse a sus brazos y confesarle sus propios sentimientos.
Confesarle su amor.
La verdad desencadenó en su interior todo un espectro de emociones: desde la alegría hasta el miedo. Porque se suponía que Laney Merriweather no podía enamorarse de Dallas Jericho. Por muy bien que se sintiera.
Recuperó el control y decidió concentrarse únicamente en el enfado que le provocaba la sumisión de Dallas ante Claude Dixon.
—Lo que tú eres en realidad es un hombre que está perdiendo miles de dólares porque no es capaz de pararle los pies a un cliente como Dixon —y entonces hizo lo que debería haber hecho en el instante en el que Dallas le había abierto la puerta aquella noche: marcharse.


—No son de color cereza —Claude Dixon permanecía en el vestíbulo de su casa el domingo por la mañana con la mirada fija en las baldosas.
—No, son amarillas.
Laney estaba en lo cierto, pensó Dallas. Tenía miedo de lo que la gente pudiera pensar sobre él. Igual que en ella.
¿Pero cómo podía esperar que Laney ignorara lo que todo el mundo pensaba cuando él había sido capaz de perder tanto tiempo y dinero, por no hablar de amor propio, por la opinión de una sola persona?
—Pero yo las pedí de color cereza.
—Antes las pidió de color amarillo.
—Pero no queremos esto, ¿es que no lo dejé claro?
—Claro como el cristal. Las quería de color cereza.
—Exactamente, así que tendrá que cambiarlas.
—Estaré encantado de hacerlo, pero tendrá que pagarlo. En el contrato dice que cualquier cambio durante la obra se realizará a cargo del cliente.
—¿Piensa hacérmelo pagar?
Dallas asintió y, de pronto, el miedo que le carcomía las entrañas desapareció.
—Tendrá que pagar el precio de estas baldosas, las baldosas nuevas y la mano de obra.
Claude cambió completamente de expresión y volvió a fijar la mirada en las baldosas.
—En realidad, están bastante bien.


—No pretendo importunarla, pero estaba en el juzgado y se me ha ocurrido pasar por aquí para ver si ya habían cubierto el puesto.
Laney volvió la cabeza hacia la puerta de la antesala del despacho de su padre y descubrió allí a Brigette Summers, con el pelo recogido en un moño y un vestido de flores tan viejo como el del primer día.
—No pretendo ser pesada, pero es que el trabajo es perfecto para mí. Vivo a solo cuatro edificios de distancia y puedo quedarme hasta tarde. Soy una persona muy entregada a mi trabajo y he traído otro curriculum.
—Me temo que todavía no hemos tomado una decisión, pero llamaré… —enmudeció cuando se abrió la puerta del despacho y oyó la voz de su padre.
—Y este soy yo con una trucha de cinco kilos —el juez Marshall Merriweather entró en la antesala seguido por dos ancianos—. Hola cariño —le dirigió a su hija una radiante sonrisa.
—Buenos días, papá. Juez Cyrus, juez Dandridge —saludó a los dos hombres que le dirigieron un rápido saludo y se volvieron emocionados hacia las fotografías.
—Cyrus y Dandridge van a comer conmigo. El informe Maclnyre puedo leerlo esta noche —debió advertir la expresión de sorpresa de su hija porque añadió—: Tenías razón. Debo tomarme las cosas con calma.
—¿Y puedo preguntarte qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión?
—Pequeña, no hay nada más emocionante que la pesca y este fin de semana me lo ha recordado. Oh —añadió, echando un vistazo a su agenda—, dame tres horas para almorzar. Estamos pensando en ir a jugar un poco al golf después del almuerzo.
—¿Al golf? ¿El lunes?
El juez no contestó. Se limitó a sonreír y tomó el curriculum que Brigette llevaba en la mano.
—Impresionante, jovencita —le dijo antes de tendérselo a Laney—. Parece exactamente lo que el médico me ha ordenado. Estoy seguro de que mi hija estará deseando hablar con usted.
—En realidad, todavía tengo que leer unos cuantos informes antes de tomar una decisión —dijo Laney cuando su padre volvió a su despacho.
En realidad, su padre no se había fijado demasiado en Brigette, como si su aspecto no significara nada para él.
Y en realidad era algo que para él no era importante.
La cruda verdad la golpeó mientras permanecía de pie, con la mirada fija en el curriculum que tenía entre las manos. Por primera vez, miró realmente a Brigette, no lo que llevaba o la calidad de su ropa, sino a ella.
Dallas tenía razón. Laney había estado luchando para convencer a su padre de que se merecía su apellido. Y había estado intentando olvidarse ella misma de la cruda desesperación de su infancia.
Siempre se había sentido diferente a las demás. Siempre había sido diferente. Y por eso había tomado la determinación de cambiar las cosas y ser una verdadera Merriweather, para no tener que volver a sentirse como una intrusa.
Pero su padre no la había visto nunca de esa forma. Él era un hombre de principios que valoraba a la gente por lo que era. Esa era la razón por la que la había adoptado, en primer lugar.
Él había visto a una niña necesitada, no se había fijado en sus andrajos o en su pasado.
—Ya sé que todavía no ha tomado una decisión, pero le agradecería que se acordara de mí —la voz de Brigette la hizo volver al presente y alzó la mirada hacia ella.
—En realidad —le dijo con una sonrisa—, eres justo lo que el médico ha ordenado. ¿Cuándo puedes empezar?


El dolor de cabeza había desaparecido por completo.
Laney permanecía en la esquina de Main Street con Biloxi, en el corazón de Cadillac, mirando la interminable fila de Cadillacs que ocupaban el pueblo el domingo por la mañana.
Iba posando en todos ellos su mirada, buscando un Mustang negro. Y, sorprendentemente, la cabeza ya no le dolía, ni cuando fijaba la mirada, ni cuando se concentraba o estaba preocupada.
Y la verdad era que estaba preocupada.
Había pasado ya una semana y Dallas no había intentado ponerse en contacto con ella. Lo había visto en el bar de Eden, y la noche anterior en la feria, pero ni siquiera se había acercado a saludarla.
En realidad no la sorprendía su distanciamiento. La noche que habían hecho el amor, él le había declarado sus sentimientos y ella lo había rechazado. Otra vez.
Cerró los ojos y luchó contra la tristeza. ¿Y si fuera ya demasiado tarde? El amor de Dallas por ella había durado durante años a pesar de su primer rechazo. Pero entonces solo eran unos niños.
Aquella vez, sin embargo…
Ella continuaba siendo una inmadura, vivía con la misma mentalidad con la que había crecido. Dallas no solo había hecho realidad sus más eróticas fantasías, sino que le había dado la libertad con la que siempre había soñado. Al estar con él, había comprendido que no había nada malo en ser diferente. Pero, al mismo tiempo, experimentaba una extraña sensación de pertenencia. Dallas la hacía sentirse excitada, feliz y completa.
Le pertenecía a él, y estaría dispuesta a dejar su trabajo en Austin y a intentar conseguir una plaza de abogado en la ciudad. Ya no quería seguir matándose por un trabajo del que no disfrutaba. No quería seguir esperando hasta la jubilación para ser feliz.
Quería ser feliz ya.
Y esperaba que Dallas continuara queriéndola.
Cruzó la calle y se abrió paso entre la multitud.
Descubrió a Dallas a unos cuantos coches de distancia. El corazón le latía con fuerza mientras los vehículos rodaban. En el momento en el que Dallas alcanzó la esquina, tomó aire, rezó en silencio y caminó hacia el coche.
—¿Puedes darme una vuelta? —sin esperar respuesta, abrió la puerta y se montó.
—¿Qué haces?
—Montarme en tu coche.
—Lo que quiero decir es precisamente eso, ¿qué estás haciendo conmigo en mi coche?
—Ya te lo he dicho. Necesito dar una vuelta —se retorció en el asiento para colocarse frente a él—. Te necesito a ti.
Dallas pisó el freno, provocando tras él un estallido de bocinas en el que ni siquiera reparó. Toda su atención estaba fija en Laney mientras cruzaban su rostro todo tipo de emociones, desde la esperanza hasta la incredulidad y el miedo.
—¿Qué?
—Te necesito. Tenías razón en lo que decías de mí. Me asustaba ser yo misma. Deseaba pertenecer al que creía mi mundo, pero en realidad nunca lo he conseguido. No importaba la ropa que llevara, ni cuántos amigos del Club de Campo tenía, aun así, nunca terminaba de encajar. Y tú eres la única persona que me ha hecho experimentar una verdadera sensación de pertenencia.
Un clamor de bocinas llenaba el aire, seguido por los severos gritos de la multitud.
—La gente nos está mirando —le advirtió Dallas.
—Lo sé —comenzó a desabrocharse los botones de la blusa mientras Dallas la observaba completamente estupefacto.
—¿Qué estás haciendo?
—Enseñarte mi sujetador —se abrió ligeramente la blusa para que pudiera echar un vistazo al sujetador rojo que había comprado días atrás—. No es morado, pero he llamado a Eden para encargar un tanga morado y un sujetador a juego. Mientras tanto —se desabrochó otro botón—, tendremos que conformarnos con esto.
—¡Pero la gente nos está mirando!
—Esa es la cuestión.
Dallas le atrapó las manos.
—No sabes cuánto me confundes —gruñó—. ¿A qué viene todo esto?
—A que ya no tengo miedo de mí. Me gusta la lencería picante.
—Me alegro.
—Y me gustas tú —intentó reunir valor—. Y no quiero tenerte solo en mis fantasías. Quiero que formes parte de mi realidad. Quiero… —se le quebró la voz.
Dallas la miró en silencio con expresión inescrutable. De pronto, sonrió y todo el amor que le había profesado durante años brilló en la profundidad de sus ojos verdes.
—Dímelo, cariño, dime lo que quieres.
—A ti —musitó—. Y no solo me gustas. Sino que te amo.
Por primera vez en su vida, a Laney Merriweather no le importó que pudieran estar viéndola o lo que pudieran pensar de lo que estaba haciendo. Lo único que le importaba era el hombre que tenía frente a ella. El hombre que había llenado sus fantasías. El hombre con el que quería pasar el resto de su vida, empezando en ese mismo instante.
—Y te lo demostraré —y entonces rozó sus labios.



Fin

Un Saludo
Anonimo
Mis Historias y poemas

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